¿POR QUÉ GRAN PARTE DE LA SOCIEDAD SIGUE APOSTANDO A GOBIERNOS ANTIDEMOCRÁTICOS, ANTISOLIDARIDAD, ANTI- CLASE TRABAJADORA Y ANTIDERECHOS?

Para comprender un poco el contexto actual regido en gran parte por la falta de solidaridad, la ausencia de participación política individual y colectiva, el deficiente compromiso y/ o conciencia social, la erosión de la cultura e instituciones democráticas (reflejado esencialmente en la negativa a votar y el avance de las ultraderechas autoritarias y/ o antidemocráticas), entre otras; debemos plantear algunas cuestiones sobre las que es necesario reflexionar.

Veamos…

Desde mediados del siglo XIX, con el nuevo régimen de clases sociales surgido luego del pleno auge de la Revolución Industrial, comienzan a gestarse los procesos de movilización social de la clase obrera para empezar a pensar en un proyecto emancipatorio. El Movimiento Obrero, así, impulsa a obtener derechos civiles y laborales y buscará acortar distancias entre quienes menos tienen y quienes más tienen, o sea, terminar con las desigualdades sociales que dicho régimen establecía. Sin dudas, la clase obrera logra grandes avances con las protecciones sociales de un Estado de Providencia Social (o de Bienestar).

Y esto, en general, se heredó hacia el siglo XX: el empresario siguió siendo empresario y el trabajador continuó siendo obrero, pero, efectivamente, habiéndose acortado las distancias entre ellos. Situación que sí bien no fue del todo ideal marcó el rumbo hacía un cierto igualitarismo. Argentina no fue ajena a esto, sobre todo, después de terminada la 2da. Guerra Mundial (1945).

Así pues, nuestro país supo ser una sociedad que tradicionalmente fue igualitaria pero que hoy en día, lamentablemente, es crecientemente desigualitaria con una gran sensación de inestabilidad de los diferentes sectores sociales por el sucesivo fracaso de gobiernos que se proponen claramente progresistas, pero que no lo pueden sostener; tienen una discursiva antineoliberal pero no combaten de raíz al neoliberalismo. Entonces, es común percibir cómo todo esto decanta en una sociedad de sectores que se acusan unos a otros de “chorros”, de “casta”, de “corruptos”, etc., siendo peronistas contra antiperonistas o kirchneristas contra antikirchneristas, por ejemplo. El problema mayor es que, a partir de ello, sucede que desde hace tiempo esto viene siendo observado por grupos de derecha, pero más que de derecha, sectores sumamente antidemocráticos que miran atentos y toman nota de “como pelean entre sí las agrupaciones democráticas”. Y eso más la sumatoria de la enorme hipervigilancia que (principalmente a través de internet y redes sociales) padece la gente en la Sociedad de Control de estos tiempos hace que la derecha aproveche y vea su oportunidad para salir a escena.

Es más, la sensación de inestabilidad que la sociedad siente genera miedo y ese miedo después se expresa políticamente. A tal punto que hoy, en Argentina, hasta se pone en cuestionamiento quién merece la ayuda y la solidaridad colectiva, ¿quién tiene el “carnet de pobre” realmente? Y hay, a la vez, un desplazamiento de los derechos por los que lxs trabajadores y los movimientos sociales cada vez tienen que luchar más para (directamente) no terminar de perderlos, no para sumar otros como pasaba antes. Un antes donde había una oposición entre “nosotros” (trabajadores) o “ellos” (patrones burgueses). Porque no hay clases sin “conciencia de clases”, es decir, sin la articulación de una entidad e identidad para sí y una oposición a la clase dominante. En la sociedad industrial, el régimen de clases sociales tuvo su expresión en MOVIMIENTOS SOCIALES y SINDICATOS orientados hacia un modelo de JUSTICIA SOCIAL que apuntaba a reducir las desigualdades entre las posiciones sociales, por medio de los derechos sociales, el Estado de Bienestar, los servicios públicos y el ascenso social posible de toda la población.

En definitiva, en la Sociedad Salarial los derechos de los trabajadores se convirtieron en derechos sociales universales.

Pero actualmente, en el contexto global, la clase obrera ha sido desarticulada infamemente, los “jefes” son grupos financieros millonarios y la uberización de las actividades económicas/ laborales (son ejemplos de ella: Uber, RAPPI, PEDIDOS YA, DIDI, etc.) sólo genera falsos trabajadores autónomos que no tienen autonomía real, que no son libres, que están ultra precarizados y son dependientes de plataformas digitales que los esclavizan y explotan. Son los “independientes dependientes” ¿y dónde se los sitúa en una estructura de clases? ¿Quién piensa en ellos y en sus garantías y derechos como trabajadores?

Por otro lado, hay una parte creciente desempleada permanentemente, hay precariedad del trabajo ocasional y del trabajo en negro, hay gente completamente excluida: los más pobres “son sin clase o underclass”, son considerados “inútiles” para un sistema atroz y sin escrúpulos.

En síntesis, las clases populares (en plural) reemplazan a la clase obrera (en singular). Y así es difícil interpretar el voto como la expresión de una conciencia de clase. Las clases populares no sólo votan menos, sino que ya no votan mayoritariamente a los partidos que dicen representarlas. En materia de votos la edad, el género, la educación a la que se pudo acceder y el lugar de residencia pesan más, por supuesto, que una conciencia de clase que tristemente se ha perdido. Entonces, se vota poco y apenas se cree en la política y en las instituciones y encima, lamentablemente, esto se alimenta porque se instala y difunde que “los extranjeros se convierten en el origen de todas nuestras desdichas”, que “los pobres roban a la seguridad social”, que “los desocupados ‘abusan’ de sus derechos mediante ‘planes’” y que “los barrios populares tienen que ser la ‘zona de no derechos’ directamente”. En suma, los lazos de solidaridad que nos ayudan a desear la igualdad social están sumamente debilitados, en parte, por estos discursos de odio que se reinstalan con más fuerza y propician menos solidaridad y más desigualdad. Y cuando lo social se deshace, lo “antidemocrático” se cobra “su” revancha instalándose como gobierno, un gobierno como el argentino de hoy: con una LLA y un MILEI que ajusta, reprime, cercena todos los derechos, pacta reformas laborales atroces y arrasa con todas las protecciones sociales y promueve que la meritocracia también siga haciendo lo suyo: según ella las víctimas de las desigualdades más indignas son presuntamente responsables de su propia suerte y no merecen empatía ni solidaridad alguna. Ya no se proclama que “nadie se salva sólo” sino todo lo contrario.

¿Y qué hacemos frente a esto? ¿O quién tiene la culpa? ¿Son culpables lxs jóvenes o más vulnerables, las nuevas generaciones? ¿Es culpable quién decide no votar, no participar? ¿Es culpable quién vota por estas opciones o aún sigue defendiendo sus medidas políticas?

CLARAMENTE, NO…

Por ello, Agencia de Noticias la Barriada pone el foco en los debates y las reflexiones cómo las de aquí porque son necesarias para comprender los contextos y buscar otras alternativas posibles. Pone atención en pensar sobre el verdadero “malestar en nuestra cultura” propios del neoliberalismo actual. En los mecanismos de poder por los cuáles, en efecto, se vulnerabilizan relaciones y grupos sociales. Es decir, en como el vaciamiento neoliberal y antidemocrático no sólo vació economías e instituciones (por ejemplo convenios colectivos de trabajo) sino también ha puesto en marcha políticas de subjetivación/ identidades que son funcionales a estos procesos de vaciamiento provocando un preocupante desmantelamiento reflexivo y emocional especialmente en lxs jóvenes (lo cual agrava aún más esta situación) que padecen, así, una imposibilidad de imaginarse un futuro en un contexto de crisis generalizada y bajo una lógica del instante. De forma tal que nuestrxs niñxs, adolescentes de clases populares y lxs más vulnerables en general no logran articular su presente con un pasado de luchas ya que ni sus padres ni sus abuelos formaron parte de aquella sociedad salarial y clase obrera por la cual lxs trabajadores sindicalizados llevaron adelante las luchas históricas que instalaron los derechos laborales universales de los que hablamos más arriba.

Ellxs padecen “la peor parte”: viven en precariedad y bajo un presente “sin brújula”. Existe para ellxs una precariedad en lo incierto y culminan siendo nuevxs ciudadanxs de la precariedad neoliberal que no los ayuda a proyectar su vida, sino sólo a vincularse a través de la inmediatez de internet y asentando su esfuerzo en tan sólo desarrollar habilidades para la supervivencia e incertidumbre diaria (que jamás se acaban) si no les presentamos otras alternativas mediante una organización colectiva y una participación política que promueva cambios reales.


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